Por: Carlos Díaz Reyes
Qué bueno que ya por fin se acabó esta vergonzosa y horrible temporada de premios de películas. El pasado dos de marzo se llevó a cabo la entrega número 97 de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas y ya por fin podemos dejar de hablar de “Emilia Pérez”.
Estos premios siempre son polémicos, pero resulta que este año nos quisieron meter a la fuerza una descarada abominación cinematográfica. Nunca me había tocado ver que galardonaran tanto a una película que estuvo tan alto en mi top de lo peor del año. “Emilia Pérez” obtuvo 13 nominaciones a los Óscar, siendo una de las más nominadas de la historia o algo así. Por fortuna solo se llevó Mejor Actriz de Reparto y Mejor Canción, aunque ambos totalmente inmerecidos. Lo bueno es que la brasileña “Ainda Estou Aqui” le ganó Mejor Película Internacional.
Más que premiar el “cine de calidad”, estos premios siempre han seguido intereses políticos y personales, no es ninguna novedad. Cada película hace campaña y los estudios dedican recursos para promocionar a su “campeona” entre los votantes de la Academia. Así funciona esto. Lo que pasó ahora fue que Netflix se puso las pilas y la encargada de llevar a cabo este trabajo fue Lisa Taback, una experta en campañas de premios que trabajó por años para los Weinstein, a quienes les hizo ganar con “The English Patient” (1996), “Shakespeare in Love” (1998), entre otras.
Pero bueno, al final resulta que la gran ganadora fue mi película favorita del año: “Anora”, de Sean Baker, quizá uno de los directores estadounidenses más interesantes de los últimos tiempos. Esto no es muy común. Pocas Palmas de Oro de Cannes han triunfado también en los Óscar, y creo que ninguna de mis películas favoritas del año había ganado de esta manera desde que me dedico a hacer listas de películas.
Si esto lleva a que más personas vean “Anora”, esta muy bien, qué bueno. Pero tampoco creo que los premios afecten la calidad de una película en lo más mínimo. La obra sigue siendo la misma, sin importar si gana algo o no. No podemos tomar como referencia a una organización capitalista que lo último que le importa es el arte (menos cuando le da 13 nominaciones a algo como “Emilia Pérez”). Siempre he pensado que una obra debe hablar por sí sola, no necesita explicaciones ni justificaciones. Los premios son reflejo de otras cosas, del mercado o yo qué sé.
Pasa en todos los ámbitos, también en la literatura y en la música. Los premios no son más que una campaña de mercadotecnia, y aunque tristemente el dinero es esencial para crear arte, eso no significa que eso esté bien. Siempre que el interés monetario mete su cuchara en un libro, un disco, una obra de teatro, una película, y hasta en la plástica, algo se pierde. El dinero debe ser un medio (por desgracia), no el objetivo. Cuando es el objetivo, salen cosas como “Emilia Pérez”.
En 2024 hubo muchas excelentes películas que no obtuvieron ni una sola nominación a los Óscar. Eso no significa que valgan menos o que sean de menos calidad. Yo daría este consejo: cuando se trata de apreciar una película (o cualquier cosa) siempre debemos seguir nuestro instinto. Somos nosotros y nuestra percepción personal lo que le da valor a una obra. La conexión que sentimos con una historia es lo que la vuelve valiosa. Lo demás es prescindible.
Lo mejor que podemos hacer es ver tantas películas como nos sea posible, lo bueno y lo malo, para construir nuestro propio criterio. En cuanto a las opiniones ajenas, hay que seleccionar aquellas con las que sentimos afinidad o aprecio. Depositemos nuestra confianza en los individuos, no en las organizaciones. El cine es un medio para conectar con otros, para hablar de temas interesantes o para pasar un buen rato. Ya se acabó la temporada de premios, regresemos a lo que de verdad importa.