Filosofía > La disculpa y el arrepentimiento

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Por Josemaría Moreno 

Recientemente terminamos la época de fiestas decembrinas, un momento que a todos nos exige de alguna manera algún grado de reflexión y motivación. Aunque es positivo plantearse el comienzo de un año nuevo como una oportunidad llena de buenos deseos y propósitos a cumplir, quizás estos no deberían de carecer de un análisis para saber pedir una disculpa bien merecida y mostrar arrepentimiento por alguna falla cometida en relación a otros o a nosotros mismos.

Desafortunadamente vivimos en tiempos que menosprecian el arrepentimiento y la responsabilidad, de hecho, pareciera ser una privación ubicua. Podemos pensar en el trabajo de nuestros políticos, quienes jamás aceptarían disculparse por algún error en su administración, a riesgo de que se equipare la disculpa con la responsabilidad –que en algunos casos equivaldría a responsabilidad civil, incluso penal. O fácilmente podemos imaginar, en el terreno interpersonal, a un colega incapaz de pedir perdón por algún desliz en la posada del trabajo: tomaste una copa de más y dijiste algo que no debías. 

No obstante, es difícil determinar las lindes de la responsabilidad. A este respecto, el filósofo estoico, Epicteto, formuló una máxima de suma simpleza y alcance profundo, una sentencia de la cual Alcohólicos Anónimos se adueñó oportunamente. En su versión más reconocida reza así: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, el valor para cambiar las que sí puedo y la sabiduría para reconocer la diferencia”. 

Como decía antes, hay pocos ejemplos actuales de personajes reconocidos ofreciendo una disculpa sincera. El último caso memorable que me viene a la mente es el del presidente de la aerolínea coreana Jeju Air, quien a finales del año pasado, después del terrible accidente de una de sus aeronaves –con un saldo de 172 muertos– salió inmediatamente al paso, y ante cámaras y testigos, ofreció una disculpa y reverencia aparentemente sincera, aceptando toda responsabilidad sobre el hecho, incluso antes de conocer todas las causas del accidente. Si bien un gesto de esta magnitud palidece ante los muertos y el dolor de sus familiares, es un gesto inmejorable para comenzar la investigación del suceso y el planteamiento de la compensación para las víctimas –que jamás será equiparable, ciertamente. 

El ejemplo anterior es algo extremo, sin embargo sostengo que podría ser paradigmático: no importan las consecuencias ni la dimensión, es condición humana hacerse responsable de nuestras acciones así como nos corresponden y atañen, tratando de diferenciar con lucidez aquellas cosas que se pueden cambiar y aquellas que no. Y aunque iniciamos esta conversación desde la celebración de fiestas decembrinas –entiendo que es amargo hablar de responsabilidad y disculpas cuando se trata de momentos de júbilo o alegría–, el sufrimiento de otras personas, nuestra responsabilidad hacia con ellos –infinita, diría Sartre– nos debería obligar a aterrizar en estas reflexiones. 

Claramente el espíritu de este texto no es sacar a pasear al católico intransigente que llevo dentro. Una observación de la disculpa, en mi opinión, no debería pasar por la culpa. Esta última es un malestar, un resentimiento, en palabras de Nietzsche, que paraliza cualquier potencia de recreación y creatividad espiritual, cuando, bien mirado, una disculpa no cumple ningún otro objetivo más que el fundamentar un cambio de perspectiva en la que el yo se desvanezca en favor de la aparición y resplandor del otro: ese sujeto que nunca será propio pero que define irrebatiblemente lo que uno puede ser o llegar a ser.  

En este comienzo de año, como en cualquier otra fecha, hay espacio para la empatía y la reflexión. Hacerse responsable de nuestras acciones y de la circunstancia en la que se desenvuelven es un camino seguro hacia la edificación personal. Saber pedir perdón en el momento justo es hacerle justicia a nuestros pares, a nuestro prójimo, a nuestros seres queridos. Cientos de veces se ha comprobado –así en la literatura como en la ciencia, pienso en Tolstoi y Freud; o en la vida personal y profesional, tomando en cuenta todas aquellas veces que decepcioné a un buen amigo o colega que tras escuchar mi arrepentimiento, concedieron permitir que la relación creciera en lugar de desaparecer o envilecerse– que el objetivo final de la existencia, sea cual sea, pasa invariablemente por nuestras relaciones intersubjetivas, y que la labor que empeñamos en hacerlas crecer, es como se determina la calidad de vida a la que podemos aspirar. No se puede dejar de enfatizar esto: nadie encontrará la felicidad si no es a través del prójimo, y nadie podrá ser suficientemente responsable ante su prójimo si no es capaz de anunciar claramente una disculpa cuando el momento lo amerite. Somos seres falibles, increíblemente falibles, pero somos singularmente capaces de convertir, incluso, nuestras más horribles faltas en nuestro más auténtico potencial: aspirar a amar y ser amados, no a pesar de nuestras fallas, sino precisamente gracias a ellas. 

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