Por Alma Portillo
Como cada año en San Miguel, cientos de mujeres tenemos una cita en el parque Juárez, todas distintas, pero con una misma meta: derribar al patriarcado. Un evento bajo la organización de la colectiva feminista “Sororas y Rebeldes” que tiene como fin protestar en contra de las, aún muy palpables, desigualdades de género. Una comitiva encabezada por familiares de mujeres desaparecidas o víctimas de feminicidio. Un grupo que debería estar vacío, pero al que asisten más de una. El ambiente se siente triste y fúnebre. Las emociones están a flor de piel.
“Tranquila, hermana, esta es tu manada” gritamos al unísono y comienza el recorrido. La gente nos mira y sigue nuestros pasos; algunos juzgan, otros apoyan. En un país donde 1 de cada 4 niñas han sufrido abuso sexual y más de 18 mujeres fueron asesinadas cada día tan solo en el año pasado, parece ridículo que aún haya gente indignada con el hecho de ver a una multitud enfurecida, exigiendo justicia al sistema.
No venimos a pedir permiso para usar nuestra voz, así que la explotamos. Puedo saborear gotas de bilis detrás de cada consigna arrojada desde mi garganta.“Señor, señora, no sea indiferente. Se mata a las mujeres en la cara de la gente”. Siento mis pulmones estallar en cada palabra, pero aún así el volumen nunca es suficiente para hacernos oír. Caminamos durante varios minutos, “entorpeciendo” el tráfico y recibiendo una que otra mentada de madre proveniente de conductores desesperados, hasta que llegamos a nuestro destino.

Nos detenemos y volteamos a ver entre las compañeras. Todas lo hemos vivido, todas hemos sentido miedo de no volver. Es cuando comienza la parte más dura del programa: el micrófono abierto, donde las víctimas desahogan su ira y claman acompañamiento. Imposible seguir viendo claramente, las lágrimas obstruyen mi visión, empatizo con los relatos. Nos abrazamos entre todas, nos damos ánimos y en conjunto vociferamos “¡No estás sola! ¡Yo sí te creo!”. En ese momento somos una entidad, un sólo ser hecho con pedazos de lo que la sociedad ha dejado de nosotras. Voces de todas las edades elevándose con el mismo dolor.
Simultáneamente se extiende el “tendedero de abusadores” en el que, de manera anónima, todas somos bienvenidas a exponer a nuestros agresores para así alertar a cualquier futura víctima. Qué panorama más devastador: unas bramando en los altavoces, otras sollozando mientras observan cómo es colgado el rostro de su atacante.
Los carteles son colocados sobre las rejas que protegen la parroquia, aunque desde adentro un par de ojos furiosos observan y desaprueban la acción, se siente como una victoria restregarles en la cara la revolución que estamos creando. El evento prosigue con muestras de talento de varias participantes y nos disponemos a cantar y bailar. A fin de cuentas, tenemos qué aprovechar la poca o mucha libertad que nuestras antepasadas han logrado dentro de la lucha feminista.
Con los pies destrozados de tanto brincar para no “ser macho”, me despido de mis compañeras y nos retiramos a casa, no sin antes acordar avisarnos el llegar sanas y salvas a nuestros hogares. Queremos marchar juntas el próximo año, no aparecer en los carteles de las víctimas.