Arquitectura > UTOPÍA

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Luis Camarena

Me gusta pensar que existen momentos en el arte en donde diversas expresiones se entrelazan y forman una nueva visión, un tejido de valores que llevan a la nueva obra a un nuevo rincón expresivo. Esto, me parece, podría ser lo que impele a la evolución. En las primeras décadas del siglo pasado, por ejemplo, la Bauhaus proporcionaba una educación integral donde arquitectos, artistas, incluso artesanos, trabajaban en conjunto para completar una unidad de diseño y, como consecuencia, de impecable factura. 

La Arquitectura es un arte que admite de buen grado este tipo de aportaciones, toda vez que para apreciarla es necesario recorrerla, y al hacerlo nos permite la valoración “de golpe” que puede proporcionar, por ejemplo, la observación de un mural. Espacio, tiempo, recorrido: una percepción existencial. En ese sentido, la otra expresión que se le asemeja podría ser el Cine. La correlación entre cine y arquitectura puede manifestarse de diversas maneras. En primer lugar,  cuando aparece en pantalla como escenario, la arquitectura —real o imaginada— es el territorio en donde la trama sucede. Pero también, al igual que la Arquitectura, el Cine es un arte que se aprecia linealmente y no de golpe —como ocurre con las Artes Plásticas, por ejemplo—. A fuerza de ir descubriendo cada una de las secuencias, algo parecido a un recorrido, la comprensión de la obra termina por revelarse. La arquitectura sólo puede percibirse si se recorre, es decir, que al menos en términos de apreciación, el cine y la arquitectura guardan ese importante paralelo.

Si hablamos de escenario, la forma más definitiva de encontrar arquitectura en una película podría ser la que se vincula con la ciudad: la gran proveedora de atmósferas que nos envuelven y nos albergan. A veces, este escenario se concibe como un componente esencial, no sólo de la historia, sino de la completa puesta en escena. 

Después de la primera guerra mundial uno de los íconos preferidos de los modernistas era la ciudad, a la cual se le veía como una máquina viviente y un símbolo de la razón. Se podría decir que la ciudad industrializada y tecnificada se había convertido en un modelo idóneo de la modernidad.  Una película que dibujó el espíritu de aquella época fue Metrópolis, de Fritz Lang. En una diáfana ilustración de la estética modernista la película concreta una metrópoli casi perfecta cuya dinámica es una clara expresión del cambio y de la calidad efímera de la vida moderna. Luego se esboza la noción de una “destrucción constructiva” donde una revuelta obrera devasta las máquinas que mantienen viva a la ciudad y todo ello sirve para reencontrarse con un valor esencial de lo humano: el amor. Tiempos Modernos, la obra maestra de Chaplin, nos muestra un poco lo mismo pero en clave de humor.

Los modelos utópicos de la sociedad dieron pie a la utopía arquitectónica. La aspiración de los diseñadores para ofrecer un modelo social que se reflejara en la arquitectura, en la construcción de la ciudad. Estas ciudades modelo parecieron de pronto ocupar la mente de los arquitectos más renombrados: La Città Nuova de Antonio Sant Elia, los planes para la ciudad de París de Le Corbusier, la Usonia de Frank Lloyd Wrigth, la construcción de una ciudad entera sobre al mar de Kenzo Tanque o, la única de las grandes utopías urbanas que llegara a realizarse, la Brasilia de Lúcio Costa y Oscar Niemeyer. 

De los dibujos de presentación de todas estas utopías se han desprendido fragmentos que se han colado hasta el tabloide. Películas en donde la arquitectura juega un papel importante en la puesta en escena. El género de ciencia ficción es aquel en el que se reflejan más este tipo de inclinaciones. Filmes que inspiran arquitectura. Arquitectura que inspira novelas. Novelas que se llevan al cine. Un mundo de referencias que surgen aquí y allá, y que van permeando en la porosa diversidad de las artes, para aportar al fin una complejidad y un arraigo cada vez más profundo: Brazil, 1984, Un mundo feliz, La ciudad de los niños perdidos, Blade Runner, Matrix, Batman, en fin, no se podría llevar dignamente a la pantalla una película así sin una Arquitectura convincente como escenario. 

Entonces pienso en nuestra ciudad, nuestro asombroso San Miguel de Allende como escenario, y me pregunto si tiene ya los atributos para inspirar algún tipo de expresión a esos niveles y descubro, con sorpresa y satisfacción, que sí que los tiene; que da para mucho. Tema para regodearse en la cavilación. Algo tendrá que desprenderse de esto, digo yo.

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